Endometriosis y tratamientos de fertilidad: no olvides vivir mientras intentas ser madre

Hay muchas cosas que hoy haría de otra manera.

No porque me arrepienta de haber luchado por ser madre. No porque piense que no debería haberlo intentado. Y mucho menos porque crea que mi decisión tiene que ser la decisión de otras mujeres.

Lo haría diferente porque ahora sé algo que entonces no sabía.

Tenía endometriosis y adenomiosis.

Y mientras mi cuerpo intentaba decirme que algo no iba bien, yo vivía pendiente de un calendario, de una medicación, de una transferencia, de una regla que no debía llegar y de una prueba de embarazo que deseaba con todas mis fuerzas que algún día fuera positiva.

Durante mucho tiempo mi vida fue eso.

Trabajar e intentar ser madre.

Y todo lo demás podía esperar.

Cuando toda tu vida empieza a depender de un calendario

Si has pasado por tratamientos de fertilidad, probablemente sabes de qué calendario hablo.

El día en que tiene que venirte la menstruación.

El día en que empiezas la medicación.

La siguiente revisión.

La transferencia.

Los días de espera.

La prueba de embarazo.

Y vuelta a empezar.

Poco a poco, casi sin darte cuenta, dejas de organizar los tratamientos alrededor de tu vida y empiezas a organizar tu vida alrededor de los tratamientos.

Yo lo hice.

Aplacé viajes.

Aplacé planes.

Aplacé momentos con mi familia y con mis amigos.

Dejé muchas cosas para después porque siempre había un próximo intento.

Y detrás de todo aquello también estaba la edad.

Cuando has pasado de los cuarenta y deseas ser madre, la sensación de que el tiempo se acaba puede llegar a ser enorme.

Yo la sentí.

Sentía que no podía detenerme.

Que descansar era perder tiempo.

Que esperar unos meses podía significar perder una oportunidad.

Así que seguí.

Y seguí.

Y seguí.

Hoy, mirando hacia atrás, creo que confundí dos cosas muy diferentes:

Seguir luchando por mi sueño y dejar de vivir por él.

Tratamientos de fertilidad sin saber que tenía endometriosis

En aquel momento yo todavía no tenía mi diagnóstico de endometriosis.

Y esto es importante en mi historia.

No cuento esto como médico, porque no lo soy. Tampoco soy psicóloga ni pretendo que mi experiencia pueda utilizarse para explicar lo que sucede en el cuerpo de otras mujeres.

Esta es únicamente mi historia.

La historia de lo que me ocurrió a mí.

Pasé por varios tratamientos, intentando conseguir embriones con mis propios óvulos y no fue posible.

Después intenté la donación de óvulos y llegué a acumular seis fallos de implantación, con dos donantes diferentes.

Durante los intentos tomaba progesterona y me sentaba muy mal, tenia fuertes dolores de cabeza, dolores musculares e insomnio. Además en mi caso ocurría algo que se repetía una y otra vez: la progesterona no hacía efecto porque la menstruación llegaba antes incluso de que pudiera realizarme la prueba de embarazo.

Transferencia.

Espera.

Y otra vez la regla.

Otra decepción.

Otra vez empezar.

Mucho después llegaría el diagnóstico de endometriosis y podría mirar todo aquel recorrido con una información sobre mi cuerpo que entonces no tenía.

Pero en aquellos momentos yo solo sabía una cosa:

quería ser madre.

Y sentía que tenía que seguir intentándolo.

Cuando no te das permiso ni siquiera para estar triste

Hubo un intento diferente.

La prueba dio positivo.

Después de tantos intentos, después de tantas esperas y tantos negativos, allí estaba aquello que llevaba tanto tiempo deseando ver.

Un positivo.

Pero unos días después volvieron a repetirme la prueba.

Y fue negativa.

Todavía hoy me resulta difícil explicar todo lo que cabe emocionalmente entre esos dos resultados.

Durante unos días crees que quizá por fin ha ocurrido.

Y después deja de estar.

Pero lo que más me duele cuando miro hacia atrás no es solamente recordar aquella pérdida.

Es recordar que no me di tiempo para vivirla.

No me permití parar.

No me permití hacer mi duelo.

Prácticamente al mes siguiente estábamos intentándolo otra vez.

Otra transferencia.

Más medicación.

En aquella ocasión se añadió todavía más mucha más medicación, para intentar comprobar si podía existir otro problema detrás de los fallos.

Mi cuerpo acababa de pasar por todo aquello.

Mi cabeza también.

Y ya estábamos empezando de nuevo.

No hubo tiempo para recuperarme.

No hubo tiempo para preguntarme cómo estaba.

No hubo tiempo para llorar lo que acababa de suceder.

Había que continuar.

Porque el tiempo corría.

Porque yo tenía más de cuarenta años.

Porque quería ser madre.

Porque pensaba que parar no era una opción.

Hasta que mi cuerpo y yo ya no pudimos más.

Seis intentos después, tuve que parar

El programa de fertilidad en el que estábamos tenía unas condiciones económicas que permitían realizar varios intentos durante un periodo determinado.

Entiendo perfectamente por qué programas así pueden resultar atractivos. Los tratamientos de reproducción asistida son caros y disponer de varios intentos puede proporcionar cierta tranquilidad económica.

Pero mi experiencia fue otra.

En mi caso los intentos fueron demasiado seguidos para lo que yo podía soportar.

No sentía que me recuperara de uno cuando ya estaba empezando el siguiente.

Medicación.

Transferencia.

Espera.

Fracaso.

Y otra vez medicación.

Después de seis fallos de implantación llegué a un punto en el que no podía continuar.

Tuve que parar.

No porque hubiera dejado de querer ser madre.

Paré porque ya no podía más.

Y con el tiempo entendí algo que ojalá hubiera comprendido mucho antes.

Si pudiera volver atrás, seguiría intentándolo. Pero también viviría

Esta es probablemente la razón por la que estoy escribiendo este artículo.

Porque quizá tú estés ahora mismo donde yo estuve.

Quizá tienes endometriosis y estás intentando ser madre.

Quizá estás empezando un tratamiento de fertilidad.

Quizá llevas varios.

Quizá acabas de recibir un negativo.

O quizá estás mirando el calendario esperando que llegue el día de tu próxima transferencia.

No puedo decirte si debes continuar.

Tampoco puedo decirte que debes parar.

Esa decisión es tuya y depende de tu historia, de tu situación, de tu cuerpo y de las indicaciones de los profesionales que te acompañan.

Pero sí puedo contarte qué haría yo si pudiera volver atrás.

No detendría mi vida.

Haría un tratamiento si decidiera hacerlo.

Y después viviría.

Me recuperaría.

Me escucharía.

Haría planes.

Disfrutaría.

Y cuando estuviera preparada, si quisiera volver a intentarlo y los profesionales que me acompañaran considerasen que era adecuado, volvería.

Pero no volvería a convertir toda mi existencia en una sala de espera.

Vivir no significa hacer grandes cosas

Cuando digo que viviría más, no quiero decir que entre cada tratamiento tengas que hacer un gran viaje.

Sé perfectamente lo caros que pueden ser los tratamientos de fertilidad.

A veces no queda dinero para grandes planes.

Pero vivir no siempre cuesta dinero.

Vivir puede ser salir a caminar.

Tomarte un café al sol.

Volver a llamar a esa amiga a la que llevas meses diciéndole que ya quedaréis cuando todo esto pase.

Celebrar un cumpleaños.

Pasar una tarde con tu familia.

Volver a hacer aquello que te gustaba antes de que la infertilidad ocupara tanto espacio.

Pintar.

Leer.

Reír.

Salir a cenar.

Hacer un plan sin mirar primero cuándo tiene que venirte la regla.

Y permitirte disfrutarlo sin sentirte culpable.

Porque ser feliz durante un tratamiento de fertilidad no significa que desees menos ser madre.

Descansar no significa rendirse.

Reírte no significa que te importe menos.

Vivir no significa dejar de luchar.

No olvides a la persona que camina a tu lado

Hay otra cosa que yo tampoco olvidaría si pudiera volver atrás.

La pareja.

Cuando llevas mucho tiempo intentando tener un hijo, es muy fácil que la relación termine girando alrededor de lo mismo.

Pruebas.

Médicos.

Medicación.

Embriones.

Transferencias.

Resultados.

Fechas.

Y casi sin darte cuenta podéis dejar de ser dos personas que se quieren para convertiros en dos personas intentando conseguir un embarazo.

Pero la persona que está a tu lado también está viviendo todo aquello.

También espera.

También tiene miedo.

También se ilusiona.

También pierde.

También necesita que alguna noche salgáis a cenar y no habléis de tratamientos.

Que os riáis.

Que hagáis algo absurdo.

Que volváis a miraros y recordéis quiénes erais antes de empezar a preguntaros si algún día seríais tres.

Cuida a tu pareja.

Cuida vuestra relación.

Pero, sobre todo, cuidaos mutuamente.

Porque independientemente de cuál sea el resultado del tratamiento, vosotros también estáis viviendo una vida mientras todo esto sucede.

Tu vida no puede empezar después

Creo que durante aquellos años yo vivía pensando en el después.

Cuando consiga ser madre viajaré.

Cuando consiga ser madre volveré a hacer planes.

Cuando consiga ser madre recuperaré determinadas cosas.

Cuando consiga ser madre…

Todo estaba colocado detrás de aquella condición.

Y cuando finalmente decidí dejar de intentarlo apareció un vacío enorme.

Porque si durante años tu principal proyecto ha sido convertirte en madre y un día ese proyecto termina, aparece una pregunta que puede dar muchísimo miedo:

¿Y ahora qué hago con mi vida?

Yo tuve que encontrar mi propia respuesta.

Tuve que atravesar el duelo por aquella maternidad que no llegaría.

Tuve que reconstruirme.

Tuve que descubrir que seguía siendo yo aunque no fuese madre.

Y también tuve que comprender algo que hoy parece evidente, pero que entonces no podía ver:

mi vida nunca había dejado de estar allí.

Era yo quien la había puesto en pausa.

Endometriosis, infertilidad y una vida que sigue siendo tuya

La endometriosis me ha quitado cosas.

Me ha obligado a cambiar planes.

Me ha hecho conocer un dolor que nunca habría elegido.

Y en mi caso también ha estado ligada a una historia de infertilidad que cambió profundamente mi manera de entender la maternidad y de entenderme a mí misma.

Pero hay algo que ya no quiero entregarle.

Mi vida.

Por eso, si tienes endometriosis y estás atravesando un tratamiento de fertilidad, no voy a decirte que sigas.

Tampoco voy a decirte que pares.

Ojalá lo consigas si ser madre es lo que deseas.

Ojalá llegue ese positivo.

Ojalá algún día tengas entre tus brazos a ese hijo que hoy imaginas.

Hay muchas mujeres con endometriosis que consiguen ser madres y cada historia es diferente.

Pero mientras llega ese día, vive.

Y si algún día decides que has llegado hasta donde podías llegar, también habrá vida después.

Te lo digo porque yo he estado allí.

Yo también pensé que si no era madre me faltaría algo para siempre.

Y tuve que aprender que una mujer no es menos mujer porque no tenga hijos.

Que podemos reconstruir nuestros sueños.

Que podemos descubrir otros caminos.

Que podemos volver a enamorarnos de nuestra propia vida.

No sé cómo terminará tu historia.

Ni siquiera sé cómo terminará la mía.

Pero sí sé algo que me habría gustado decirle a aquella mujer que fui, aquella que miraba continuamente un calendario esperando que llegara por fin la vida que tanto deseaba:

No detengas tu vida mientras esperas crear otra.

Cuídate.

Cuida a quien tienes a tu lado.

Haz planes.

Ríe.

Llora cuando necesites llorar.

Descansa cuando necesites descansar.

Sigue intentándolo mientras tú quieras hacerlo.

Y si algún día decides parar, recuerda que parar tampoco significa que tu vida se haya terminado.

A veces el futuro que construimos no se parece al que habíamos imaginado.

Pero eso no significa que no pueda ser maravilloso.

Yo sigo construyendo el mío.

Y tú también puedes construir el tuyo.

Porque con endometriosis, con hijos o sin ellos, después de un positivo o después del último negativo, sigues siendo tú.

Una mujer completa.

Una mujer con una historia.

Una mujer con mucho por vivir.

Con todo el cariño,

Una mujer como tú.

¿Cómo lo has vivido tú?

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