La endometriosis me generó estrés y ansiedad debido al dolor constante, la incertidumbre sobre mi salud, los problemas de fertilidad y el impacto que tuvo en mi vida. Todo esto afectó mi bienestar emocional, provocándome preocupación, miedo y momentos de mucha tensión.
Todo cambió cuando me di cuenta quién quería ser ahora.
Durante mucho tiempo intenté volver a ser la de antes.
Creo que, en el fondo, pensaba que reconstruirme significaba exactamente eso: recuperar a aquella mujer que había sido antes de la endometriosis, antes de los tratamientos, antes de las clínicas, antes de las esperas, antes de las decepciones.
Antes de tener que despedirme de una maternidad que había imaginado tantas veces.
Quería regresar a ella.
A la mujer que tenía otros planes. A la que daba por hecho determinadas cosas. A la que todavía no sabía cuánto podía cambiar una vida cuando el dolor entra en ella y decide quedarse.
Pero no podía volver.
Y tardé mucho tiempo en comprenderlo.
Porque antes de empezar una nueva vida tuve que hacer varios duelos.
Tuve que hacer el duelo por la madre que no iba a ser.
Por los hijos que imaginé y no llegaron.
Por todos aquellos tratamientos de fertilidad en los que puse esperanza, tiempo, dinero, cuerpo y emociones.
Pero también tuve que despedirme de algo de lo que se habla mucho menos: de la mujer que yo pensaba que iba a ser.
De aquella versión de mí misma que había construido un futuro y que, de repente, descubrió que ese futuro ya no existía.
Y también tuve que aceptar los años de dolor.
Los años en los que mi dolor se había normalizado.
Las veces que pensé que quizá estaba exagerando.
Las consultas, los médicos, los especialistas, los diagnósticos que no llegaban y esa sensación tan difícil de explicar de saber que algo no está bien dentro de ti y, sin embargo, continuar viviendo como si lo estuviera.
Durante años mi vida se convirtió en una sucesión de obligaciones.
Trabajar.
Ir al médico.
Trabajar.
Ir a una clínica.
Hacerme pruebas.
Esperar resultados.
Volver a intentarlo.
Buscar otro especialista.
Volver a trabajar.
Seguir adelante.
Había dedicado muchísimo de mí a mi empresa y a mi trabajo. Y el espacio que quedaba parecía pertenecer a la enfermedad, las consultas y los tratamientos de fertilidad.
Hasta que todo terminó.
Y entonces apareció una pregunta que no esperaba.
¿Y ahora quién soy?
Cuando entendí que ya no quería recuperar mi antigua vida
Al principio luché con todas mis fuerzas por recuperar a la mujer que había sido.
Quería sentirme como antes.
Pensar como antes.
Tener los mismos planes.
Volver a reconocerme.
Hasta que un día comprendí algo que cambió mi manera de mirar todo lo que me estaba pasando.
yo ya no era aquella mujer.
Había cambiado.
Todo lo vivido me había cambiado.
Y quizá reconstruirme no consistía en recoger los pedazos y colocarlos exactamente donde estaban antes.
Quizá reconstruirme significaba decidir qué quería hacer con ellos.
Por primera vez dejé de preguntarme:
¿Cómo puedo volver a ser quien era?
Y empecé a preguntarme:
¿Quién quiero ser ahora?
Parece una diferencia pequeña.
Para mí fue enorme.
Porque aquella pregunta ya no miraba hacia atrás.
Miraba hacia delante.
Y cuando empecé a hacerlo descubrí que tenía inquietudes nuevas.
Que quería probar cosas diferentes. Que había partes de mí que habían permanecido dormidas durante muchísimo tiempo.
Una de ellas estaba allí desde que era niña.
El arte.
Volver a encontrar a la niña que siempre llevaba un lápiz en la mano
De pequeña dibujaba muchísimo.
Tengo el recuerdo de estar casi siempre con un lápiz en la mano.
Dibujaba porque me gustaba. Sin preguntarme si era suficientemente buena, sin pensar si aquello servía para algo y sin necesitar ninguna otra razón.
Simplemente dibujaba.
Después crecí.
Y en algún momento dejé de hacerlo.
La vida se llenó de otras cosas y aquella parte de mí quedó guardada en algún lugar.
Hasta que muchos años después decidí apuntarme a clases de pintura.
No sabía entonces lo importante que iba a ser aquella decisión.
Empecé a dibujar de nuevo.
Probé la acuarela.
La pintura acrílica.
Los lápices.
Los colores.
Las formas.
Y ocurrió algo que no esperaba.
Me gustaba lo que estaba haciendo.
Pero, sobre todo, me gustaba cómo me sentía mientras lo hacía.
Durante unas horas no era una paciente.
No era una mujer esperando el resultado de una prueba.
No era un diagnóstico.
No era un tratamiento de fertilidad que había salido mal.
No era la mujer que no había podido ser madre.
Era simplemente yo.
Con un lápiz en la mano.
Creando.
Y después de tantos años sintiendo que mi cuerpo me había quitado posibilidades, descubrir que todavía podía crear fue profundamente reparador.
El arte no solucionó mi vida. Pero me ayudó a habitarla de otra manera.
No quiero contar esta historia diciendo que empecé a pintar y de repente desaparecieron el dolor, el duelo o la ansiedad.
No ocurrió así.
El arte no borró lo vivido.
Pero me proporcionó un lugar en el que descansar de ello.
Cuando dibujaba tenía que observar.
Una sombra.
Una línea.
Una expresión.
La intensidad de un color.
La presión del lápiz sobre el papel.
Mi atención dejaba durante un rato de estar atrapada en pensamientos sobre el pasado o en preguntas sobre el futuro y se concentraba en algo que estaba ocurriendo en ese instante.
Y eso empezó a hacerme bien.
El arte, la ansiedad y el estrés después de la endometriosis
Vivir durante años con endometriosis puede significar mucho más que convivir con síntomas físicos.
Existe la incertidumbre.
El miedo a que vuelva el dolor.
Las consultas.
Las pruebas.
La preocupación por la fertilidad.
Los tratamientos.
Las decisiones difíciles.
Y, en algunos casos, la sensación de haber perdido el control sobre tu propio cuerpo y sobre el futuro que habías imaginado.
Todo eso puede generar una enorme carga emocional.
En mi caso, pintar se convirtió en una forma de encontrar momentos de calma.
Cuando estás dibujando o pintando, tu atención se dirige hacia una tarea concreta. Elegir un color, repetir un trazo, observar una forma o intentar reproducir una luz exige estar presente.
Y a veces nuestra mente necesita precisamente eso: un lugar donde estar que no sea aquello que nos preocupa.
Además, crear algo con las manos tiene algo especialmente poderoso cuando has pasado mucho tiempo sintiendo que tantas cosas escapaban de tu control.
Yo podía decidir qué quería pintar.
Podía equivocarme.
Borrar.
Empezar de nuevo.
Cambiar un color.
Dejar un dibujo sin terminar y retomarlo otro día.
No había pruebas.
No había resultados médicos.
No había positivos ni negativos.
No había nadie diciéndome lo que mi cuerpo podía o no podía hacer.
Solo había un papel en blanco y la posibilidad de decidir qué quería hacer con él.
Y quizá por eso el arte terminó significando para mí mucho más que aprender a pintar.
Estaba aprendiendo, sin darme cuenta, a empezar otra vez.
No considero que pintar sustituya la ayuda profesional cuando la ansiedad, el duelo o el estrés necesitan atención psicológica. Pero como actividad creativa y como espacio personal, para mí se convirtió en una herramienta preciosa para encontrar calma, concentración y disfrute.
Sobre todo, me devolvió algo que durante mucho tiempo había olvidado.
Tiempo para mí.
Descubrir que todavía podía crear
Durante mucho tiempo relacioné la palabra crear con una sola cosa.
Crear una familia.
Ser madre.
Cuando tuve que aceptar que esa maternidad no llegaría, sentí que una parte enorme de mi futuro desaparecía con ella.
Después comprendí que crear tiene muchas formas.
Puedo crear un dibujo.
Puedo crear un cuadro.
Puedo escribir.
Puedo crear un proyecto.
Puedo compartir lo que he vivido.
Puedo acompañar a otra mujer que esté atravesando algo parecido.
Puedo crear recuerdos.
Puedo crear relaciones.
Puedo crear una vida diferente.
Y, sobre todo, puedo crearme de nuevo a mí misma.
Esto no significa que la maternidad que no viví haya dejado de importar.
No necesito quitarle importancia a aquello que perdí para valorar lo que tengo ahora.
Ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.
Puedo haber deseado profundamente ser madre y, al mismo tiempo, descubrir que mi vida sigue teniendo valor, posibilidades, amor, proyectos y sentido aunque no lo sea.
Comprender eso fue una parte fundamental de mi reconstrucción.
No volví a ser la de antes
Hoy sé que aquella mujer no va a volver.
Y ya no quiero que vuelva.
No porque hubiera algo malo en ella.
La recuerdo con cariño.
Pero aquella mujer todavía no sabía muchas cosas que yo sé ahora.
No sabía cuánto podía resistir.
No sabía cuánto necesitaba cuidarse.
No sabía que algún día tendría que aprender a ponerse en el centro de su propia vida.
No sabía que podía perder el futuro que había imaginado y, aun así, construir otro.
Yo tampoco sé exactamente quién voy a ser dentro de unos años.
Y curiosamente eso ya no me asusta tanto.
Porque ahora sé algo que antes desconocía.
Mi vida no está terminada porque una parte de ella no haya ocurrido como esperaba.
Todavía puedo imaginar.
Todavía puedo descubrir.
Todavía puedo cambiar de opinión.
Todavía puedo crear.
Todavía puedo ser feliz.
Y quizá reconstruirse sea precisamente eso.
No intentar desesperadamente volver a colocar cada pieza en el lugar donde estaba.
Sino mirar todas esas piezas sobre la mesa y preguntarme
¿Qué quiero construir ahora con ellas?
Si hoy no sabes quién eres
Si estás leyendo esto después de un diagnóstico, después de tratamientos de fertilidad que no funcionaron, después de renunciar a una maternidad que deseabas o simplemente después de una etapa que ha cambiado completamente la persona que eras, quiero decirte algo.
No tengas prisa.
No tienes que descubrir mañana quién eres.
No tienes que convertir el dolor inmediatamente en aprendizaje.
No tienes que encontrar un propósito para justificar lo que has vivido.
Y tampoco tienes que ser fuerte todos los días.
Hay momentos en los que sobrevivir ya es suficiente.
Pero quizá algún día aparezca una pequeña curiosidad.
Un libro.
Un viaje.
Una clase.
Un lápiz.
Una conversación.
Una idea que siempre habías dejado para después.
Algo diminuto que vuelva a despertar una parte de ti.
Síguela.
Yo no sabía que volver a coger un lápiz me llevaría hasta aquí.
No sabía que aquella niña que dibujaba durante horas seguía esperándome tantos años después.
Y mucho menos sabía que iba a enseñarme algo tan importante:
que perder la vida que habías imaginado no significa perder la posibilidad de tener una vida que ames.
Yo no conseguí volver a ser la mujer de antes.
Conseguí algo diferente.
Empecé a conocer a la mujer que soy ahora.
Y todavía estoy descubriendo quién quiero llegar a ser.
Me quedan cuadros por pintar, palabras por escribir, lugares por conocer, personas a las que ayudar, proyectos que todavía ni siquiera he imaginado y muchísima vida que vivir.
La endometriosis forma parte de mi historia.
La maternidad que no fue también.
Pero ninguna de las dos tiene derecho a escribir por sí sola el resto de mis páginas.
Esas páginas todavía están en blanco.
Y ahora soy yo quien sostiene el lápiz.
Si hoy estás mirando las tuyas y todavía no sabes qué escribir en ellas, no pasa nada.
Déjalas en blanco el tiempo que necesites.
Pero no pienses que porque una historia terminó, tú también terminaste con ella.
Quizá todavía no puedas verlo.
Quizá hoy ni siquiera puedas imaginarlo.
Pero puede llegar un día en el que dejes de preguntarte cómo volver a ser la de antes y empieces a preguntarte quién quieres ser ahora.
Y esa pregunta puede ser el principio de algo completamente nuevo.
Yo sigo escribiendo mi respuesta.
Sigo pintándola.
Sigo construyéndola.
Porque al final no soy una mujer extraordinaria.
Soy solamente una mujer que tuvo que aprender a dibujar de nuevo su futuro cuando la vida borró el que había imaginado.
Una mujer que descubrió que todavía podía crear.
Una mujer que volvió a permitirse vivir.






¿Cómo lo has vivido tú?