Duelo por infertilidad: aceptar una maternidad no vivida.

Él duelo por la infertilidad o por la maternidad que no llega, es realmente duro y a menudo nos sentimos solas e incomprendidas. Si has llegado hasta aquí, probablemente sea porque tanto infertilidad como la endometriosis, también ha tocado tu vida.

Quizá estas empezando este camino, quizá llevas años o quizá, como me ocurrió a mí, has llegado a un punto en el que sientes que ya no puedes seguir intentándolo.

Yo me rendí.

Y durante mucho tiempo me costó incluso decirlo así. Porque “rendirse” parece significar fracasar, no haber luchado lo suficiente o haber abandonado demasiado pronto. Pero hoy sé que, para mí, parar fue otra cosa. Fue reconocer que había llegado a mi límite.

Hay mujeres que continúan intentándolo y lo consiguen. Mujeres para las que un tratamiento más, un intento más o un camino diferente termina trayendo aquello que tanto deseaban. Y me alegro profundamente por ellas. Pero mi historia no fue esa.

Yo no podía seguir.

Llegó un momento en el que continuar, me estaba haciendo más daño que parar.

Y parar también dolió.

Porque cuando decides dejar de intentarlo, no desaparece el deseo de ser madre. Empieza otro camino: el de despedirte de aquello que imaginaste tantas veces, de la vida que pensabas que tendrías y de una versión del futuro que, durante mucho tiempo, sentiste como tuya.

Un duelo del que todavía hablamos demasiado poco. Un duelo silencioso, muchas veces incomprendido, que puede hacer que nos aislemos y sintamos que tenemos que vivir nuestro dolor a solas.

Por eso quiero hablar de ello. Porque hay historias de mujeres que lo consiguen, pero también existen las historias de quienes un día decidimos parar. Y esas historias también merecen ser contadas.

Muchas veces la sociedad no sabe reconocer ese tipo de pérdida.

Si fallece un familiar, todo el mundo entiende que estés triste.

Pero cuando el duelo es por una vida que no pudo existir, a menudo se espera que una persona “lo supere”.

Sin embargo, ese tipo de duelo puede acompañarnos mucho tiempo y reaparecer en fechas señaladas como el día de la madre, cuando ves familias reunidas, cuando amigas hablan de sus hijos o cuando imaginas cómo habría sido tu vida.

Todo esto hace que muchas de las personas que atravesamos el duelo de la infertilidad, tendamos a aislarnos y a vivir nuestro dolor en silencio.

A menudo sentimos que quienes nos rodean, no llegan a comprender la magnitud de lo que estamos viviendo y puede resultar difícil encontrar las palabras para explicar, un duelo que no siempre es visible ni reconocido por los demás.

La infertilidad también implica pérdidas: la pérdida de expectativas, de planes, de una maternidad o una paternidad imaginada, de la confianza en nuestro propio cuerpo y en ocasiones, de la vida que habíamos pensado que tendríamos.

A ello se suman la incertidumbre, la espera, los tratamientos, las preguntas constantes y una montaña rusa emocional que puede resultar profundamente desgastante.

Por eso es tan importante darle visibilidad. Hablar del duelo por infertilidad ayuda a romper el silencio que lo rodea, a validar las emociones de quienes lo atraviesan y a recordar que no todos los duelos se producen ante una pérdida que los demás pueden ver.

Necesitamos crear espacios donde podamos hablar de infertilidad sin vergüenza, sin sentir que tenemos que justificarnos y sin recibir respuestas que minimicen nuestro dolor.

Dar visibilidad a este duelo no significa quedarse anclado en el sufrimiento. Significa reconocer que existe, poner palabras a lo que duele y permitir que las personas que lo vivimos podamos sentirnos escuchadas, comprendidas y acompañadas.

El mayor duelo no es aceptar no ser madre, es despedirte de la mujer que pensabas que ibas a ser.

Durante mucho tiempo sentí que me habían robado una parte de mi vida antes incluso de poder vivirla.

No echaba de menos a un hijo que no había tenido.

Echaba de menos todos los momentos que nunca llegarían.

Lloraba por todos esos recuerdos… que nunca existirían.

Y hacer el duelo de algo que nunca ha sucedido es una de las cosas más difíciles que he vivido.

Porque nadie puede ver lo que has perdido.

Pero tú sí.

Reconstruir una vida cuando el futuro que imaginabas desaparece.

Uno de los errores en los que caemos durante el duelo es en desear ser la misma de antes.

Superar el duelo de la maternidad no se trata de volver a ser quien eras, si no de descubrir quien eres ahora

Hay una frase de Viktor Frankl que dice:

“Cuando ya no podemos cambiar una situación, el desafío es cambiarnos a nosotros mismos.”

Y eso es exactamente lo yo hice.

No me convertí en una mujer feliz porque acepte que no sería madre.

Me convertí en una mujer feliz cuando descubrí que seguía siendo yo aunque no fuese madre.

Lo más triste fue dejar de reconocerme.

Había una mujer que se reía.

Que hacía planes.

Que soñaba.

Que disfrutaba de los pequeños momentos.

Y un día dejó de existir.

Durante mucho tiempo solo sobrevivía.

Hasta que comprendí que también tenía que hacer el duelo por esa mujer.

Y, poco a poco, empecé a construir otra.

No era la mujer que había imaginado.

Pero terminó convirtiéndose en una mujer de la que hoy me siento profundamente orgullosa.

Si pudiera volver atrás y abrazar a la mujer que fui durante aquellos años, no le diría que todo saldrá bien.

Porque sé que en ese momento no me lo hubiese creído.

Solo la abrazaría muy fuerte.

Y le diría al oído:

Aguanta un poquito más. Sé que ahora sientes que todo se acabó y que no vas a volver a sonreír como antes. Pero créeme, llegará un día en el que te despiertes y vuelvas a tener ganas de vivir, de disfrutar y de seguir adelante. Y ahí te darás cuenta de que la felicidad no siempre está en la vida que imaginabas. A veces aparece en una vida totalmente distinta, una que nunca pensaste que también podría hacerte feliz.

Si hoy estás leyendo estas palabras porque acabas de recibir una mala noticia…

Porque un tratamiento no ha funcionado…

Porque sientes que nunca vas a superar este dolor…

Quiero decirte algo.

Yo también pensé que nunca volvería a ser feliz.

Y me equivoqué.

La felicidad volvió.

De otra manera.

Con otra forma.

Con otros sueños.

La cicatriz sigue ahí.

Como todas las cicatrices importantes.

Pero ya no duele.

Y hoy sé que una mujer no vale menos porque no sea madre.

No está incompleta.

No ha fracasado.

Simplemente su historia será diferente.

Y las historias diferentes también pueden ser maravillosas.

Quizá algún día descubras, como me ocurrió a mí, que tu manera de dejar huella en el mundo era otra.

La mía fue escribir estas palabras.

Para que, cuando una mujer llegue aquí sintiéndose rota, descubra que no está sola.

Porque yo también estuve donde tú estás.

Y si algo he aprendido es que, aunque hoy no lo puedas creer, volverás a sonreír.

Volverás a vivir.

Volverás a sentir ilusión.

Y volverás a ser feliz.

Con cariño,

Una mujer como tú.


¿Cómo lo has vivido tú?

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