Endometriosis, ansiedad y el poder de aprender a respirar.
¿Y si te dijera que, después de toda una vida respirando, descubrí que no sabía hacerlo?
Parece extraño, ¿verdad? Respiramos desde el instante en que nacemos. Lo hacemos de manera automática, sin pensar, mientras trabajamos, dormimos o corremos de un lado a otro intentando llegar a todo.
Pero ¿alguna vez te has detenido a observar cómo respiras? ¿Cómo cambia tu respiración cuando estás nerviosa, cuando sientes miedo o cuando parece que todo a tu alrededor se desmorona?
Yo nunca me lo había planteado. Hasta que un día descubrí que algo tan sencillo como respirar podía ayudarme a recuperar una calma que durante mucho tiempo creí haber perdido.
Cuando el dolor también afecta a nuestras emociones
Vivir con endometriosis y adenomiosis es mucho más que convivir con reglas dolorosas. Es aprender a sobrellevar dolores pélvicos intensos, inflamación abdominal, agotamiento y días en los que nuestro cuerpo parece no responder como nos gustaría.
Es vivir con la incertidumbre de no saber cuándo volverá a aparecer el dolor.
A veces encontramos alivio en los tratamientos hormonales, aunque algunos también pueden producir efectos secundarios, como cambios de humor, dolores de cabeza o alteraciones del sangrado. En muchas ocasiones sus beneficios compensan esas molestias, pero encontrar el tratamiento adecuado no siempre resulta sencillo.
Y mientras intentamos controlar los síntomas físicos, podemos olvidarnos de algo igualmente importante: nuestra salud emocional.
Porque el dolor crónico también agota mentalmente. Nos hace vivir pendientes de nuestro cuerpo, de nuestras limitaciones y en ocasiones, del miedo a lo que pueda suceder.
Yo sé lo que significa sentir ese miedo.
Recuerdo despertarme a las tres de la mañana con el corazón acelerado. Sentir taquicardias, una presión en el pecho y una angustiosa sensación de falta de aire.
Intentaba respirar profundamente, pero parecía que nunca era suficiente.
Cuanto más intentaba coger aire, más nerviosa me ponía. Y cuanto más nerviosa estaba, más rápido respiraba.
Hasta llegar a llorar de miedo.
Porque cuando estás sufriendo un ataque de pánico no piensas que es ansiedad. Piensas que te está ocurriendo algo terrible, que vas a perder el control, que te estás ahogando.
En una ocasión aquella sensación fue tan intensa que fui al hospital. Después de valorarme, me dijeron que era estrés.
Estrés.
Una palabra aparentemente sencilla para describir algo que puede llegar a sentirse tan aterrador.
Con el tiempo comprendí que durante algunos ataques de ansiedad podemos comenzar a hiperventilar, respirando más rápido de lo que necesitamos. Esto puede provocar mareos, palpitaciones y una sensación de falta de aire que aumenta todavía más nuestro miedo.
Aunque, por supuesto, no debemos atribuir automáticamente estos síntomas a la ansiedad sin una valoración médica, especialmente cuando aparecen por primera vez.
El día que descubrí el breathwork
Mi camino hacia el bienestar emocional no fue inmediato. Necesité tiempo, ayuda y aprender a conocerme de nuevo.
Encontrar al médico adecuado y el tratamiento que me dio calidad de vida fue fundamental. También lo fue la terapia que me ayudó a comprender mis emociones y mis miedos. El arte se convirtió en otro de mis grandes refugios, una manera de expresarme, de desconectar del dolor y de reencontrarme conmigo misma.
Y en ese proceso apareció el breathwork.
Nunca imaginé que aprender a respirar conscientemente pudiera tener tanta importancia en mi vida.
El breathwork engloba diferentes técnicas de respiración, algunas de las cuales buscan favorecer la relajación, el control del sistema nervioso y ayudarnos a gestionar el estrés.
Fue entonces cuando empecé a observar algo que hasta ese momento había pasado por alto: cómo cambiaba mi respiración dependiendo de lo que estaba sintiendo.
Vivimos en una sociedad que nos empuja a ir siempre deprisa. Tenemos obligaciones, preocupaciones, responsabilidades y una lista interminable de cosas pendientes.
Y pocas veces nos detenemos.
Cuando estamos estresadas, nuestra respiración puede volverse rápida, superficial o irregular, sin que apenas nos demos cuenta.
Aprender a respirar de manera consciente me ayudó a reconocer esos momentos, a detenerme y a encontrar una forma de recuperar la tranquilidad.
Comprendí que no necesitaba respirar más fuerte ni llenar desesperadamente mis pulmones de aire, sino aprender a hacerlo de manera suave, cómoda y sin forzar.
Y aquello, que parecía tan pequeño, fue un descubrimiento enorme.
Respirar para encontrar la calma
Nuestra respiración está estrechamente relacionada con nuestro sistema nervioso.
Cuando sentimos miedo, dolor o estrés, nuestro organismo puede activar una respuesta de alerta: el corazón se acelera, los músculos se tensan y nuestra respiración cambia.
Es una reacción natural de nuestro cuerpo para protegernos.
Pero cuando convivimos durante mucho tiempo con dolor crónico, esa sensación de alerta puede convertirse en una compañera demasiado frecuente.
Las técnicas de respiración lenta y controlada pueden ayudarnos a reducir la activación física del estrés, favorecer la relajación y gestionar mejor determinados momentos de ansiedad.
También pueden resultar útiles como complemento para afrontar el dolor crónico, aunque la investigación sobre sus efectos específicos en la endometriosis y la adenomiosis todavía es limitada.
Y quiero detenerme aquí para aclarar algo importante.
Aprender a respirar no cura la endometriosis ni la adenomiosis. Tampoco sustituye los tratamientos médicos o la terapia.
Pero puede convertirse en una herramienta más para cuidar nuestro bienestar.
No todas las técnicas de breathwork son iguales. Algunas prácticas intensas pueden incluso provocar mareos o aumentar la angustia, especialmente si tenemos tendencia a sufrir ataques de pánico. Por eso es importante elegir ejercicios suaves y contar con orientación profesional.
En mi caso, aprender a respirar me ayudó a comprender mejor lo que estaba ocurriendo en mi cuerpo.
A reconocer algunas señales de ansiedad antes de sentirme completamente desbordada.
A dejar de luchar contra cada sensación física.
Y, sobre todo, a entender que, aunque no siempre pudiera controlar el dolor o las circunstancias de mi vida, sí podía aprender nuevas maneras de cuidarme.
Volver a mí
A veces pienso en lo mucho que nos exigimos.
En todas esas ocasiones en las que seguimos adelante a pesar del cansancio, del dolor o de sentirnos emocionalmente agotadas.
Nos acostumbramos tanto a resistir que olvidamos lo importante que es detenernos.
Yo también lo olvidé.
Durante mucho tiempo dejé en segundo plano la necesidad de cuidar de mi.
Hasta que comprendí que cuidarme no consistía solamente en encontrar un tratamiento que aliviara mis síntomas.
También significaba escucharme, respetar mis tiempos, pedir ayuda y permitirme descansar.
La terapia, el arte y la respiración consciente me enseñaron que no tenía que estar constantemente luchando contra mi propio cuerpo.
Que podía aprender a acompañarlo.
Que no todos los días tenían que ser buenos.
Y que incluso en los momentos difíciles podía encontrar pequeños espacios de tranquilidad.
Hoy sigo aprendiendo. Sigo descubriendo qué necesito y qué cosas me ayudan a sentirme mejor.
Porque vivir con una enfermedad crónica también puede enseñarnos a mirarnos de otra manera, a valorar lo verdaderamente importante y a comprender que nuestro bienestar merece un lugar en nuestra vida.
Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te detuviste a respirar?
Si alguna vez te has despertado de madrugada con el corazón acelerado, si has sentido que te faltaba el aire, si has llorado de miedo sin comprender qué estaba ocurriendo o si has vivido con esa sensación constante de estar al límite, quiero decirte que puedo comprender cómo te sientes.
Yo también he estado ahí.
También he sentido miedo de mi propio cuerpo.
También he deseado que todo se detuviera, aunque solo fuera por un instante.
Y también he tenido que aprender a encontrar mi camino hacia la calma.
No fue de un día para otro. No hubo soluciones mágicas ni respuestas inmediatas.
Pero hubo pequeños descubrimientos que fueron cambiando mi manera de vivir.
Y uno de ellos fue aprender a respirar.
Por eso hoy quiero invitarte a detenerte un momento.
A escucharte.
A dedicarte tiempo.
A buscar aquello que te ayude a sentirte mejor, ya sea la terapia, el arte, la respiración consciente o cualquier otra herramienta que te permita reencontrarte contigo misma.
Porque merecemos mucho más que aprender a soportar el dolor.
Merecemos disfrutar, sentir, ilusionarnos y vivir sin que el miedo ocupe todo nuestro espacio.
Durante mucho tiempo pensé que lo más difícil era aprender a vivir con el dolor. Hoy sé que también necesitaba aprender a vivir con calma.
Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más bonitos que me ha dejado este camino.
Comprender que no siempre podemos cambiar lo que nos sucede, pero sí podemos descubrir nuevas maneras de cuidarnos mientras sucede.
Así que, si hoy sientes que todo va demasiado deprisa, regálate un momento.
Detente.
Escúchate.
Y vuelve a respirar.
Porque todavía nos quedan muchas cosas bonitas por vivir.
Con cariño,
Una mujer como tú.


¿Cómo lo has vivido tú?