Hola, soy una mujer como tu.
Si has llegado hasta aquí porque buscas información sobre la endometriosis, la infertilidad o la adenomiosis, ya que has recibido un diagnostico reciente y sientes mucho desconocimiento, quiero decirte que es normal sentirte un poco perdida, no te preocupes.
Poco a poco ese sentimiento va a mejorar.
Voy a decirte algo que a mí me hubiese gustado escuchar hace mucho tiempo y nadie me dijo durante casi treinta años, que es el tiempo que tardaron en diagnosticarme: el dolor menstrual incapacitante no es normal.
Si es normal sentir que nadie te entiende, ya que existe un gran desconociento sobre estas enfermedades. Esta es mi experiencia personal y espero que pueda ayudarte a sentirte menos sola. Yo no lo estuve, pero durante algún tiempo pensé que sí lo estaba.
No soy médico. Todo lo que vas a leer en este blog está basado únicamente en mi experiencia personal. Mi historia no pretende sustituir el consejo de ningún profesional sanitario, sino acompañarte y darte mi apoyo, si estás recorriendo un camino parecido al mío.
A mí me diagnosticaron endometriosis y adenomiosis a los 44 años, a pesar de tener síntomas claros desde los 15 años.
Veintinueve años sin diagnóstico.
Veintinueve años escuchando que el dolor era normal.
Veintinueve años buscando respuestas que nadie supo darme.
Y esta es mi historia.
Tenía solo 15 años cuando empecé a sentir un dolor insoportable. Era un dolor que me doblaba, que me impedía caminar y que acabó llevándome a urgencias. Allí descubrieron un quiste paraovárico de 8 centímetros que necesitaba cirugía urgente, para evitar una peritonitis.
Recuerdo perfectamente el miedo, aunque era demasiado joven para entender realmente lo que estaba ocurriendo. Después de la operación me quedó una cicatriz de 16 centímetros, justo donde ahora podría tener la cicatriz de una cesárea que nunca se ha llegado a realizar, porque la endometriosis y la adenomiosis producen infertilidad.
Pensé que todo terminaría allí. Pero solo era el principio.
Desde aquella operación mis menstruaciones fueron siempre incapacitantes, dolorosas hasta el punto de no permitirme hacer mi vida normal. Cada mes era la misma historia. Dolor intenso. Una autentica pesadilla.
Días enteros sin poder salir de la cama.
Falté al instituto en numerosas ocasiones. Incluso tuve que perder exámenes porque simplemente no podía levantarme. Sin embargo, nadie parecía darle importancia.
“Las reglas duelen.”
“Es normal.”
“Hay mujeres que lo pasan peor.”
Escuché esas frases tantas veces que terminé creyéndolas.
Con el tiempo apareció un nuevo quiste, esta vez dentro del ovario. La solución fue empezar a tomar anticonceptivos. Durante años me ayudaron a controlar parte del dolor. Cada vez que intentaba dejarlos, el sufrimiento regresaba con la misma intensidad. Pero nadie se preguntó por qué. Nadie buscó la causa.
Simplemente seguíamos apagando incendios.
Años después, cuando tenía poco más de treinta años, dejé los anticonceptivos y empecé a plantearme ser madre.
Pensé que sería sencillo.
Nunca imaginé el camino que comenzaba.
Después de un tiempo intentando quedarme embarazada sin conseguirlo, acudimos a una clínica de fertilidad.
Empezaron las pruebas.
Análisis.
Ecografías.
Tratamientos.
Demasiadas pruebas dolorosas a cual peor.
Esperas.
Ilusiones.
Y muchas lágrimas.
En una de las pruebas descubrieron que tenía una trompa obstruida. Curiosamente, era la misma en la que años antes me habían operado de urgencia. Una causa mas de la endometriosis.
Hoy sé que aquello también podía formar parte del puzle.
Pero entonces nadie relacionó una cosa con la otra.
Comenzamos varios tratamientos de fecundación in vitro.
Los ovarios nunca respondían como esperaban al iniciar los tratamientos, que consisten en inflarte de hormonas para que produzcas óvulos de una manera sobrenatural.
La medicación me producía dolores musculares en todo el cuerpo, insomnio y mucho mucho dolor de cabeza. Conseguíamos muy pocos óvulos, pero a pesar de ello formábamos algunos embriones que no llegaban a evolucionar. Hoy se que los efectos secundarios eran más fuertes por esta enfernedad.
Solo una vez logramos un embrión que pudo analizarse, pero el resultado no fue favorable.
Después llegaron seis intentos con donación de óvulos. Porque estábamos dispuestos a intentarlo todo. Entramos en un programa de esos que anuncian que si no lo consigues te devolverán el dinero. Lo cierto es que es maravilloso si no tienes ningún problema, porque en ese caso se consigue entre los 3 primeros intentos. Mi mala suerte fue que no se dieran cuenta de que mi útero estaba inflamado y presentaba focos de adenomiosis.
Seis. Y ninguno consiguió implantarse. Los especialistas no encontraban una explicación. Seguían cambiando medicaciones. Seguían proponiendo nuevos tratamientos. realmente me sentí como una rata de laboratorio, porque no sabian que hacer conmigo. Nadie se preguntaba por qué estaba ocurriendo todo aquello.
La respuesta apareció donde menos la esperaba.
Acudí a una nutricionista especializada en fertilidad, por una recomendación y porque intentamos todo cuando estamos en ese proceso. Cuando escuchó atentamente toda mi historia y le hablé de mis reglas incapacitantes, la cirugía con 15 años, el dolor, los tratamientos, los fallos de implantación…
Cuando terminé de hablar, me hizo una pregunta que cambió mi vida.
—¿Alguna vez has visitado a un ginecólogo especialista en endometriosis?
Me quedé completamente sorprendida.
Le respondí que no podía ser.
Había pasado por decenas de especialistas.
Había realizado innumerables pruebas.
Si hubiera tenido endometriosis, alguien lo habría visto.
Ella me respondió algo que jamás olvidaré.
Muchas clínicas de fertilidad son expertas en reproducción asistida, pero no necesariamente en endometriosis.
Y tenía razón.
Pedí cita con especialistas en endometriosis.
En muy poco tiempo confirmaron el diagnóstico.
Endometriosis.
Y también adenomiosis.
Por primera vez en casi treinta años alguien era capaz de explicar todo aquello que había vivido desde mi adolescencia.
El dolor.
Los quistes.
La trompa obstruida.
Las reglas incapacitantes.
Los problemas de fertilidad.
Los fallos de implantación.
Todo empezaba a tener sentido.
Incluso consulté con otra especialista para saber si la adenomiosis podía dificultar la implantación de un embrión.
La respuesta fue clara.
Sí.
Volví a la clínica de fertilidad esperando que aquel diagnóstico cambiara el enfoque del tratamiento.
Sin embargo, la respuesta que recibí fue una de las frases que más daño me ha hecho escuchar.
“La endometriosis da igual.”
Literalmente.
Esas fueron las palabras. Me propusieron seguir con el mismo tipo de tratamientos y me negué. Ya no podía más. Abandonamos el tratamiento, aunque quedándonos más intentos.
Si no lo consigues en dos años te devuelven el dinero, pero nadie puede soportar dos años, con un intento tras otro, con más y más medicación, mas pruebas de embarazo negativas, desilusiones y más y más lagrimas.
Yo merecía haber tenido un diagnostico justo, no hubiese sufrido tanto, hubiese sabido el porque de cada negativo, no me hubiese sentido culpable pensando que quizás yo estaba haciendo algo mal.
Después llegaron nuevas propuestas. Investigue y había tratamientos en mi caso para desinflamar el útero, reducir los focos de adenomiosis, operaciones…
Pero yo ya estaba agotada.
No solo física.
También emocionalmente.
Había perdido demasiadas veces.
Había llorado por demasiados test de embarazo negativos.
Había puesto mi cuerpo al límite durante demasiados años.
Y comprendí que seguir intentándolo también tenía un precio.
Tomar la decisión de dejar los tratamientos ha sido una de las decisiones más difíciles de toda mi vida.
No solo tuve que aceptar que probablemente nunca sería madre.
También tuve que afrontar otro duelo igual de doloroso.
Aceptar que durante veintinueve años nadie había escuchado mi dolor.
Que me habían enseñado a normalizar algo que nunca fue normal.
Que había aprendido a dudar de mi propio cuerpo.
Me sentí muy sola.
Incomprendida.
Invisible.
Y entonces ocurrió algo que cambió de nuevo mi forma de vivir todo esto.
Internet.
Las redes sociales.
Los grupos de mujeres con endometriosis.
Encontré comunidades en Facebook donde cientos de mujeres contaban exactamente la misma historia que yo.
Mismos síntomas.
Mismas frases.
Mismos retrasos diagnósticos.
Mismos tratamientos.
Por primera vez entendí que no era la única.
Instagram también se convirtió en una fuente enorme de información. Descubrí profesionales especializados, aprendí sobre endometriosis y adenomiosis y encontré respuestas que nadie me había dado durante casi tres décadas.
Tuve que aprender por mi cuenta qué estaba ocurriendo en mi cuerpo.
Hoy miro atrás con mucha serenidad.
He hecho las paces con mi historia.
He aceptado que mi vida no será la que imaginé.
Pero también he descubierto que aún quedan muchísimas páginas por escribir.
Por eso nace este blog.
Porque si una sola mujer llega aquí buscando respuestas, igual que lo hice yo durante tantos años, y encuentra un poco de comprensión, un poco de información o simplemente siente que alguien la entiende, entonces habrá merecido la pena contar mi historia.
Porque la endometriosis cambia tu vida.
Pero no decide quién eres.
Eso lo decides tú.
Esto solo es la historia de Una mujer como tu.


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