Si has llegado hasta este artículo buscando información sobre tratamientos para la endometriosis, quiero empezar diciéndote algo muy importante.
No soy médico.
Este blog está basado exclusivamente en mi experiencia personal. Todo lo que cuento aquí refleja cómo he vivido yo la enfermedad y cómo ha respondido mi cuerpo a los distintos tratamientos. En ningún caso pretendo recomendar un medicamento ni decirte qué debes hacer.
Durante estos años he hablado con muchas mujeres con endometriosis y he descubierto una realidad que se repite una y otra vez: cada cuerpo es diferente.
Hay mujeres que mejoran mucho con una medicación determinada. Otras no la toleran. Algunas encuentran alivio cambiando su alimentación, reduciendo la inflamación con una dieta específica o haciendo ejercicio adaptado. Otras descubren que dejar el alcohol cambia por completo la intensidad de sus síntomas. Algunas necesitan cirugía. Otras consiguen controlar la enfermedad con tratamientos hormonales.
No existe una única respuesta.
Por eso creo que es tan importante encontrar un especialista que conozca bien la endometriosis y acompañe a cada mujer en la búsqueda del tratamiento que mejor se adapte a su situación.
En mi caso, ese tratamiento cambió mi vida.
Encontrar al especialista adecuado también forma parte del tratamiento
Después de recibir el diagnóstico de endometriosis y adenomiosis decidí consultar con varios especialistas.
No todos me transmitieron la misma confianza.
No todos tenían la misma forma de explicar la enfermedad.
Y, sobre todo, no todos me hicieron sentir escuchada.
Con el tiempo encontré al especialista con el que realmente conecté. Un médico que me explicó con calma lo que estaba ocurriendo en mi cuerpo y me planteó un tratamiento adaptado a mi caso.
Mirando hacia atrás, creo que encontrar al profesional adecuado fue casi tan importante como encontrar el tratamiento.
Empezar la medicación no fue una decisión fácil
El medicamento que empecé a tomar fue dienogest.
Quiero insistir en que no estoy recomendándolo. Simplemente cuento mi experiencia porque sé que muchas mujeres buscan testimonios reales cuando reciben un diagnóstico.
Tomar esa primera pastilla fue mucho más difícil de lo que parece.
No era solo empezar un tratamiento.
Para mí significaba cerrar definitivamente una etapa de mi vida.
Después de tantos tratamientos de fertilidad, tantas pruebas, tantos intentos y tantas pérdidas, comenzar aquella medicación suponía aceptar que ya no seguiría buscando un embarazo.
La decisión de dejar los tratamientos de fertilidad fue una de las más dolorosas que he tomado nunca.
No porque dejara de querer ser madre.
Sino porque comprendí que seguir intentándolo estaba destruyendo mi salud física y emocional.
La naturaleza ya me había cerrado una puerta.
La ciencia tampoco había podido abrirla.
Y yo ya no podía seguir sacrificando mi cuerpo.
Elegirme a mí también era una forma de cuidar mi vida.
Los primeros meses fueron difíciles
No quiero idealizar el tratamiento porque no fue un camino fácil.
Durante los primeros meses tuve bastantes efectos secundarios.
Me sentía muy hinchada.
Tenía sofocos.
Notaba cambios hormonales que me hacían estar más sensible emocionalmente.
Hubo momentos en los que pensé que quizá no sería capaz de continuar.
Pero poco a poco mi cuerpo empezó a adaptarse.
Los efectos secundarios fueron disminuyendo y, casi sin darme cuenta, comenzaron a aparecer cambios que no esperaba.
Descubrí que llevaba años conviviendo con un dolor que ya consideraba normal
Durante mucho tiempo sufrí un dolor lumbar constante.
Estaba convencida de que era consecuencia de una operación de columna que me habían realizado años atrás para extirpar un quiste de una vértebra.
Vivía con ese dolor.
Me acostumbré a él.
Necesitaba acudir con frecuencia al fisioterapeuta y pensaba que aquella sería mi realidad para siempre.
Sin embargo, unos meses después de comenzar el tratamiento, ese dolor empezó a desaparecer.
No desapareció por completo.
Todavía hay días en los que aparece un poco.
Pero la diferencia con respecto a antes es enorme.
También empecé a practicar pilates con máquinas, algo que considero que ha contribuido mucho a mejorar mi bienestar.
Hoy hace muchísimo tiempo que no necesito fisioterapia de forma habitual.
Nunca imaginé que aquel dolor pudiera estar relacionado con la inflamación que producía la endometriosis.
Mis problemas intestinales también mejoraron
Hubo otro cambio que me sorprendió todavía más.
Desde siempre había tenido problemas digestivos.
Durante años me habían hablado de colon irritable.
Probé diferentes dietas.
Con el tiempo descubrí que eliminar la leche y reducir el gluten hacía que me encontrara bastante mejor, aunque seguía teniendo molestias frecuentes.
Cuando empecé a participar en grupos de mujeres con endometriosis en redes sociales descubrí que muchísimas compartían exactamente los mismos síntomas.
Dolor abdominal.
Hinchazón.
Problemas digestivos.
Diagnósticos de colon irritable.
Por primera vez comprendí que no era la única.
Y unos meses después de comenzar el tratamiento noté un cambio enorme.
Sigo teniendo cuidado con algunos alimentos porque mi cuerpo continúa siendo sensible.
Pero ahora puedo comer muchas cosas que antes me sentaban fatal.
Mi calidad de vida ha mejorado muchísimo.
Ya no organizo mi vida alrededor de la menstruación
Hay algo que solo entiende una mujer que ha sufrido reglas incapacitantes.
Organizar toda tu vida en función del calendario menstrual.
Yo lo hacía constantemente.
Si tenía un viaje, miraba las fechas.
Si me invitaban a una boda, calculaba cuándo me tocaría la menstruación.
Si quería quedar con amigos, pensaba si ese fin de semana podría levantarme de la cama.
Trabajaba desde casa cuando podía porque sabía que durante esos días apenas era capaz de moverme.
Muchas veces cancelé planes.
Muchas veces dije que no.
Muchas veces fingí que simplemente no me encontraba bien.
La realidad era que el dolor decidía por mí.
Desde que comencé el tratamiento hace casi un año no tengo menstruación.
Y con ella también desaparecieron esos días de dolor incapacitante que condicionaban completamente mi vida.
Por primera vez en muchos años siento que puedo hacer planes sin miedo.
Y eso, para alguien que ha vivido pendiente del dolor durante tanto tiempo, es un regalo enorme.
Ahora entiendo mejor mi cuerpo
Hay algo que todavía me ocurre.
Cuando paso por una situación de mucho estrés, cuando recibo un disgusto importante o hago un esfuerzo físico muy intenso, al final del día siento un dolor generalizado en todo el cuerpo.
Es una sensación difícil de explicar.
Como si estuviera empezando una gripe.
Durante años no entendía qué me ocurría.
Pensaba que mi cuerpo simplemente no funcionaba bien.
Ahora sé que esa también es su manera de avisarme de que necesita descanso.
Y esa diferencia cambia muchas cosas.
Porque antes luchaba contra mi cuerpo.
Ahora lo escucho.
El diagnóstico también me enseñó a cuidarme
Cuando recibí el diagnóstico sentí mucha rabia.
Rabia por los años perdidos.
Por todo el dolor que nadie supo explicar.
Por las oportunidades que quizás nunca volverían.
Pero con el tiempo he comprendido que el diagnóstico también me regaló algo muy valioso.
Me permitió entender mi cuerpo.
Hoy sé cuándo necesito descansar.
Sé qué alimentos me sientan mejor.
Sé que el estrés también influye en cómo me encuentro.
Y sé que pedir ayuda cuando la necesito no es una señal de debilidad.
Es una forma de cuidarme.
Lo que me hubiera gustado saber
Si estás leyendo este artículo porque acabas de recibir un diagnóstico de endometriosis, me gustaría dejarte algunas ideas que a mí me habría gustado escuchar hace años.
- No existe un tratamiento perfecto para todas las mujeres.
- Si un especialista no te escucha, tienes derecho a buscar una segunda opinión.
- Tu experiencia no tiene por qué ser igual que la de otras mujeres.
- Encontrar el tratamiento adecuado puede llevar tiempo.
- Y, sobre todo, mejorar es posible.
Quizá la endometriosis siga formando parte de tu vida.
La mía también.
Pero hoy ya no siento que mi cuerpo sea mi enemigo.
Durante muchos años pensé que me estaba fallando.
Ahora sé que llevaba demasiado tiempo intentando decirme que algo no iba bien.
El problema no era mi cuerpo.
Era que nadie lo estaba escuchando.
Hoy sí lo escucho.
Y esa ha sido, probablemente, la mejor medicina que he encontrado.
Tu también puedes conseguirlo, porque yo solo soy una mujer como tu.


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